Contra la filosofía del Poder: sobre la noción de Estado en Hegel | Por Ulises Verbenas

«Ningún sistema filosófico ha ejercido una influencia tan poderosa y duradera sobre la política como la metafísica de Hegel».

El mito del Estado, Ernst Cassirer.

I. La filosofía.

Cuando al comienzo de la Enciclopedia de las ciencias filosóficas en compendio G.W.F. Hegel comparaba la disciplina filosófica con la científica (favoreciendo en esto a las ciencias), para luego relacionar filosofía y religión (deduciendo que ambas tratan, aunque de manera distinta, la verdad, que es Dios), no sólo exponía aquellas regiones del pensamiento que le interesaban particularmente, sino también demostraba con ello su intención de fundamentar una interpretación racional de la realidad.

            A partir de esto, se comprende la distinción que Hegel establece respecto a la filosofía de René Descartes, señalando que, a pesar de que pise suelo firme, es una filosofía del entendimiento, mientras que él, por su parte, estaba ocupado en desarrollar una filosofía de la razón. Dicha diferencia consiste, fundamentalmente, en que el entendimiento común tiende a abstraer y separar –por ejemplo, la división sujeto/objeto–, creando de esta forma dos mundos, mientras que, en cambio, la razón posee un momento negativo y uno positivo, desprendiendo de esto que la dialéctica se da en la razón, sin necesidad de divisiones de la realidad y situándose desde un pensamiento capaz de crear conceptos e ideas (en contraposición de un pensamiento ordinario), lo que implica reconocer que las formas a través de las cuales conoce el pensamiento son la conciencia, la intuición, los sentimientos y las representaciones.

            Dicho esto, Hegel sostendrá que la filosofía debe trasladarse a estas indagaciones. Por ello, el filósofo alemán sostendrá en el §6 de la Enciclopedia las proposiciones expuestas originalmente en su Filosofía del derecho:

Lo que es racional, eso es efectivamente real, y lo que es efectivamente real, eso es racional.

Estas sencillas proposiciones – como dirá Hegel –  se refieren, ciertamente, a la religión, en cuanto Dios es efectivamente real y, más aún, sólo él lo es verdaderamente. No obstante, el sentido filosófico de estos enunciados se refiere a que «la existencia en general es en parte fenómeno y solamente en parte es realidad efectiva». Según estas determinaciones, Hegel establece el término realidad efectiva de lo racional, el cual define a través de la vía negativa:

A la realidad efectiva de lo racional se le opone, por un lado, la representación de que las ideas y lo ideal no son más que quimeras y que la filosofía no es más que un sistema de telarañas mentales. Por un lado contrario, se opone también a la realidad efectiva de lo racional la representación de que las ideas y lo ideal son cosa demasiado exquisita para alcanzar realidad efectiva (…)

En otras palabras, «la razón es la que vive en el mundo histórico y lo organiza»[1]. Esto significa, volviendo al sentido filosófico, que la filosofía – o ciencia filosófica – tiene que admitir, ante todo que «el mundo real es tal como debe ser, que el verdadero bien –la divina razón universal– no es pura abstracción, sino un principio vital capaz de realizarse a sí mismo», tal como señala Hegel en su Historial de la filosofía[2].

            Comprendido, entonces, el concepto hegeliano de razón, es menester definir su otra parte: la realidad, unida, sin duda, a lo señalado en el último párrafo: en el sistema hegeliano, la realidad sigue su propia ley inexorable, es decir, toda esfera subjetiva queda enajenada a la objetiva, excluyendo la voluntad del individuo, sus anhelos y deseos personales. Dicha ley, por lo tanto, sería una constante promesa de armonización histórica, lo que implicaría, siguiendo la idea de que la razón organiza el mundo histórico, justificar cualquier tipo de mal físico y moral, debido a que la historia de la humanidad no descansa sobre la felicidad del hombre, sino sobre su actividad y energía[3].

            De este modo, a partir de la razón se sostiene el concepto de realidad y, a partir de ambos, de la historia. Siguiendo, entonces, este entrelazamiento, Hegel señalará que la concepción de Estado deriva de la historia.

II. El Estado

            Hegel define el concepto de Estado en el §535 de la Enciclopedia de las ciencias… señalando, a grandes rasgos y como introducción, que:

El estado es la substancia ética autoconsciente; es la unión de los principios de la familia y la sociedad civil.

Según esta definición, se establecen tres conceptos constitutivos del Estado: ética autoconsciente, familia y sociedad civil. Es necesario, por lo tanto, dilucidar cada uno de ellos para adentrarnos en los caracteres más importantes del Estado hegeliano.

            La noción de una ética autoconsciente parte de la trasmutación que el filósofo alemán realiza al concepto mismo de eticidad, desprendiendo su sentido más clásico por considerar que, al estar dotado de una concepción puramente subjetiva, era incapaz de establecer una verdadera validez objetiva. Esto, en efecto, se desprende del §513 de la obra citada, donde define eticidad:

La eticidad es el cumplimiento de espíritu objetivo, la verdad del espíritu subjetivo y el objetivo mismo.

De esta forma, la libertad subjetiva sería la voluntad racional (una libertad en la realidad) y, por ende, universal en y para sí. De ahí que dirá Hegel en el mismo parágrafo que la subjetividad singular tiene su realidad efectiva como universal, es decir, como costumbre ética: «la libertad autoconsciente que ha devenido en naturaleza». En otras palabras, la moral sólo valdría para la voluntad individual (sujeta, eso sí, su naturaleza a la totalidad) y no para la voluntad del Estado, pues este último sólo tiene el deber se conservarse a sí mismo, lo que no sería otra cosa que la ética autoconsciente que señalamos al comienzo.

            Por otro lado, están los principios de la familia como momento fundador del Estado. Hegel sostiene esto porque determina en la familia la eticidad sentada como originaria. Así, por lo menos, se deja entender en el §519:

(…) la intimidad subjetiva, determinada [ahora]  a unidad sustancial, convierte esta unión en una relación ética, o sea, en matrimonio.

Luego del matrimonio (que vendría a ser esencialmente ético), señalará en el §521, vendrá una segunda unión tras el nacimiento de los hijos. Así, gracias la autosuficiencia o al ser para sí, los hijos saldrán de la vida concreta de la familia para formar sus propias familias. De este modo, los miembros de la familia establecen relaciones con otras personas, lo que se traducirá en relaciones de tipo jurídicas (§522).

            El tercer aspecto constitutivo del Estado serían los principios de la sociedad civil. La necesidad de que se conforme una sociedad civil surge a partir de la interconexión o atomismo que se provoca tras las relaciones que explicamos desde la familia, es decir, la sociedad civil es mediadora entre estas personas autosuficientes que, en ningún caso, tienen como fin la unidad absoluta, pues sólo tienen conciencias de su propia particularidad (§523).

            En este sentido, la esencia del Estado se sostendría de un modo muy similar a la filiación amorosa de la familia, pero con los principios de la sociedad civil. De este modo, a partir de estos dos principios el Estado toma la forma de una universalidad consciente (actúa desde sí), cuyo contenido es la subjetividad cognoscente que se sitúa, a su vez, como fin absoluto: «quiere para sí eso [que es lo] racional» (§535).

            Según estas definiciones, se comprende lo que Hegel sostiene en el §528 de su Filosofía del derecho, cuando sostiene que:

«El Estado es el espíritu que habita en el mundo, y se realiza a sí mismo en el mundo mediante la conciencia. (…) La marcha de Dios por el mundo es lo que constituye el Estado… Al concebir el Estado, no hay que pensar en estados particulares, sino más bien contemplar sólo la Idea: Dios como real en la tierra».

Si nos retrotraemos  la idea de Dios, realidad y racionalidad que señalamos al comienzo, se concluirá que para Hegel el Estado representa el espíritu del mundo, constituyendo una realidad suprema y perfecta. En este sentido, la idea de un Estado que surge por un derecho natural o por un contrato social quedan totalmente excluidas: el Estado, muy por el contrario, se encuentra fuera de la voluntad de los individuos, los que, por su parte, desenvuelven su libertad subjetiva dentro de esa realidad efectiva.


NOTAS

[1] Cassirer, Ernst, El mito del Estado. Trad. de Eduardo Nicol. México : FCE, 1968. Pág. 305.

[2] Citado en Cassirer, Ernst, ibíd.

[3] Op.cit. Pág. 303.

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