“Los anarquistas”, por Teodoro Antillí

Texto encontrado en el libro póstumo de Teodoro Antillí, ¡Salud a la anarquía! (Buenos Aires : Ed. La Antorcha, 1924), selección de Rodolfo González Pacheco.

Vivir otra vida que la que viven todos; ser interiormente más luminosos, más bellos, y exteriormente también; sabernos comportar con los demás hombres, con las plantas, con los animales, con las creaciones del arte y con las creaciones de la naturaleza, sin necesidad de gobiernos, de leyes y prohibiciones, sólo por nosotros mismos, por nuestra hondísima y fecunda cultura; conquistar la libertad, ser dignos de ella, de tenerla y de vivirla, sin pasarnos una línea, sin oscurecernos con la sombra de un pelo; blancos, absolutamente blancos; límpidos, como la superficie de un cristal; olvidados de lo anterior, y tendidos para adelante como galgo en la carrera, como la prolongación de las ramas, las hojas o las flores: ¿qué puede encontrarse reprochable en este ideal de los anarquistas?

Cuando el anarquista  – o la anarquista – es sincero, cuando no es un farsante o un charlatán, es esto lo que desea. Que se pregunte a cada uno, que se le interrogue y se saque de sus palabras la revelación de lo que quiere. Dirá más o menos esto mismo. Lo dirá acaso dificultosamente, con las palabras precisas, lo dirá como un ignorante que no ha aprendido a expresarse y desconoce el valor de la dialéctica; pero no hay que ser pedantes ni superficiales: hay que saber comprender a los hombres silenciosamente, aún sin la gramática y aún sin las palabras. ¡Los cursos de gramáticas pardas que se han estado dictando desde hace siglos, que se dictan todavía, para tapar el verdadero valor de los ideales de hombres de tan poca retórica como los anarquistas!

Yo comprendo perfectamente a los anarquistas. Sé lo que desean, y lo que desean lo deseo yo. Se saben capaces de vivir la vida que han deseado. ¡Qué! ¿Diréis que el anarquismo es imposible? No lo es para los anarquistas que son sinceros; a éstos podría largárseles a vivirlo desde ya. Pero son pocos, poquísimos… Mañana serán más, pasado serán más; hoy son pocos. Sin embargo hay algunos.

¿Cómo serán refutados ellos: cómo se podrá pensar que una humanidad de ese tipo no podrá brotar del viejo tronco donde se han aparecido y desaparecido tantas humanidades? El anarquismo no sólo es posible, sino que tiene promesa de vida segura. No somos como todos; en el seno mismo de esta sociedad puede verse cómo se produce la diferenciación. Así fue antes, así fue siempre, ¿por qué no había de serlo ahora? Un tipo de humanidad es el anarquista; podemos muy bien esperar una humanidad de ese tipo; nada se opone a esto; por el contrario, el aumento incesante de los anarquistas, la existencia de tipos cada vez más definidos, de más dura psicología, de líneas más inalterables y contornos más fáciles de establecer, parece afirmarlo. Para nosotros lo afirma cierta e indudablemente.

Teodoro Antillí


COMENTARIO DE TEXTO

“Antillí fue un anarquista claro y surgente, de caudal vivo”. Así define el dramaturgo argentino Rodolfo González Pacheco [de quien hemos digitalizado su obra teatral “A los compañeros”] a su íntimo amigo Teodoro Antillí. Ambos, compañeros de lucha durante muchos años, eran, como dice el mismo González Pacheco, batalladores muchachos, encantados de tener como bandera de lucha, de arte, de vida, un ideal cuyo símbolo nos parecía un incendio que brotara del centro de la tierra: rojo y negro.

Ángel J. Cappelletti nos da noticias de Teodoro Antilli en su obra El Anarquismo en América Latina:

Teodoro Antillí, nacido en San Pedro en 1885 y fallecido en 1923, escribió para las conocidas revistas porteñas Mundo Argentino y Fray Mocho. Junto con su fraternal amigo González Pacheco fundó en 1908 Germinal y más tarde Campana Nueva; junto con él colaboró en La Protesta y dirigió, en 1910, La Batalla, vespertino gemelo del anterior; junto con él redactó igualmente La Obra y La Antorcha.

La figura y el pensamiento de Antillí llaman gratamente nuestra atención. La riqueza y la profundidad que hayamos en sus reflexiones libertarias, plasmadas en decenas de artículos que publicó, hacen eco constantemente en nuestro ideario. El texto que compartimos hoy es reflejo de ello. El primer párrafo brilla por sí sólo: enseña la mirada, el punto de vista, la aspiración de las y los anarquistas. Nos habla del pensamiento, de la urgencia que amerita un análisis profundo y detenido de la naturaleza humana:

(…) hay que saber comprender a los hombres silenciosamente, aún sin la gramática y aún sin las palabras.

“Los anarquistas” es un texto breve que nos invita a desglosarlo: entre una palabra y otra, entre línea y línea, hay océanos sobre los cuales navegar entregados a la reflexión anarquista que se expresa en nuestras acciones cotidianas. González Pacheco reconocía esta característica de Antillí:

Hay páginas de Antillí de todas layas, como semillas de todas clases: las que dieron pan de un año, el perfume y el color de una estación, y las otras que perdurarán, inmobles y melancólicas, coronando el tiempo. Que dieron árboles.

Este escrito es un árbol.

Grupo de Estudios J. D. Gómez Rojas

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